22 jun 2014

PA-RA-DA, de Mario Pontecorvo

Él les dio el respeto, ellos el corazón.

Rumania luego de la caída de Ceaucescu dejó al descubierto las deficiencias del comunismo y la grave situación social de la población. A partir de ese momento muchos de los imperiales monumentos públicos fueron cerrados, muchas de las gigantescas plazas con colosales fuentes se secaron y la ciudad redujo sus luminarias a la mitad, como consecuencia de no poder solventar el gasto de los servicios.

Pero más allá de la cuestión estética de la que antes quiso ser la París del este (según la boca del dictador asesinado) lo más terrible de la situación fue la gran masa de desocupados, de hambrientos y de niños y mujeres que no tuvieron otra opción que dedicarse al delito callejero, la venta de droga o la prostitución en su aspecto más amplio, que en menos de una década los llevó a posicionarse, frente al resto de los países, como “el basurero de Europa del este”.

En medio de ese abominable panorama, y a menos de un lustro de caído el comunismo, el director italiano Marco Pontecorvo se traslada hacia la capital rumana para contar una historia verídica que tiene como eje central la vida de un grupo de adolescentes (los llamados “niños topo” que habitan en las alcantarillas y cloacas subterráneas) y mostrar, a través de su lente, lo difícil que es sobrevivir cada día en un sistema que no sólo los invisibiliza y los oprime sino que, además, los transforma en carne de cañón para las mas atroces actividades ilegales incluida el tráfico de personas.

Así es como presentada la historia de estos niños, aparece en escena Miloud, un joven francés bohemio e idealista (hijo de madre francesa y padre argelino) que decide que París no es la ciudad en la que se pueda desarrollar según el plan de vida que pensó para si por lo cual decide emigrar a Bucarest, para trabajar como clown con los niños que se encuentran en situación de calle. Al llegar a la capital se  relaciona con un francés y una italiana que trabajan en una ONG que tiene como finalidad sacar a los niños de la calle y, en el caso de que no pueda, al menos proporcionarle un nivel de vida un poco más digno del que llevan a diario, aspirando pegamento o riñendo entre ellos o con la policía.

Una vez instalado, Miloud es advertido por esta pareja acerca de los peligros que implica trabajar con estos niños, ya que no sólo tienen un alto grado de violencia sino que, por haber perdido a sus padres en situaciones traumáticas (ya sea por accidentes, enfrentamientos o abandono) tienen una escala de valores completamente diferente de aquellos que se desarrollaron en el seno de una familia. Pero lo cierto es que Miloud llegó a Bucarest con la idea de que, a través de su arte, puede cambiar la realidad de los jóvenes y es allí donde empezarán los problemas.

Con su llegada a la Gara Nord las primeras reacciones que muestra el grupo de niños y adolescentes que frecuentan la estación de trenes no es para nada buena, y es allí donde Miloud deberá desplegar todas sus dotes de artista para seducirlos a través del divertimento y comenzar, a partir de esa actividad, el cambio que tanto ansia en la vida de aquellos.
Sin embargo, los problemas no tardan en llegar. Con el correr de los días Miloud descubre que los niños no se mueven de manera  independiente, sino que son monitoreados por una organización mafiosa que los utiliza en redes de prostitución, robo o tráfico de drogas. Y es justo en ese momento en el que comienza a ganarse la confianza del grupo, quienes al no verlo ya como un enemigo lo aceptan como uno más en la cloaca colectiva donde pasan sus días.

Es con esa realidad que los mafiosos que viven de la miseria de los jóvenes  comienzan a ver a Miloud como la gran amenaza contra su empresa, y lo denuncian por pedófilo frente a las autoridades de la embajada francesa. Y allí es donde surge el momento de mayor conflicto para el personaje ya que, al ser puesto en conocimiento de que le tendieron una trampa para que abandone la ciudad, deberá decidir si se queda temiendo ser detenido o si se juega por el grupo de jóvenes que, a esa altura, comenzaron a entender algunas buenas lecciones de vida y de valores gracias a su labor diaria junto a sus amigos de la ONG.

El film es una pieza de las más interesantes que se hayan hecho acerca de la realidad rumana posterior a la caída del comunismo en 1989. Si bien los directores contemporáneos trataron el tema de la transición e intentaron mostrarle al mundo esa sensación de sosiego y desconcierto en el que se ven sumidos desde el cambio (no hay mas que ver 12:08 al este de Bucarest o La muerte del Sr. Lazarescu) es en Pa-ra-da donde se ve de modo más crudo (tanto que por momentos la historia más se parece a un documental que a una historia de ficción) la dura realidad que atraviesa el país con la parte más vulnerable de la población.

Sobre el final (que para suerte del espectador es muy promisorio) el director eligió incorporar una serie de imágenes en blanco y negro tomadas en las calles de Bucarest con un camcorder y que muestran diferentes escenas de la vida callejera que, seguramente, sirvieron de inspiración para crear no sólo el universo de los personajes  sino también una estética lo más aproximada a la realidad de entonces.

Previo a la sucesión de imágenes recurso (que anteceden a los créditos finales) aparece en la pantalla una leyenda que dice: Desde entonces hasta hoy, nada ha cambiado en Bucarest.  Y en gran parte es cierto. Si bien desde el año 93 hasta la fecha sucedieron cambios importantes en el seno de Europa (se dió el proceso de globalización, la implantación de una moneda única dentro del continente europeo y la incorporación de Rumania al bloque de la CEE) la grieta producida por la brecha social sigue siendo la misma que entonces.

La cantidad de población pobre y analfabeta sigue siendo escandalosa, sobre todo si se tiene en cuenta que se encuentran enmarcados dentro de un continente del cual, se supone, forma parte del primer mundo. Así es como, año tras año de Rumania emigran miles de jóvenes hacia el resto de países de Europa en búsqueda de mejores oportunidades de vida pero, lamentablemente, miles de niños y familias en estado de pobreza absoluta no cuentan con la misma suerte.

Sobre ellos Pontecorvo hizo foco y los sacó de la invisibilidad en la que se encuentran sumidos. PA-RA-DA es un testimonio de gran calidad para entender el modo de vida y las desigualdades de uno de los países más complejos del este europeo. Pero aunque los problemas en Rumania subsistan, historias reales como las de Miloud dejan un mensaje de esperanza y ponen en evidencia la sanadora labor del arte cuando es aplicado como paliativo de las desigualdades sociales.

PA-RA-DA (RAI, Italia-Rumania, 2008) Dirección: Mario Pontecorvo, Elenco: Jalil Lespert, Evita Ciri, Gaby Rauta, Patrice Juiff, Daniele Formica, Robert Valeanu, Cristina Nita, Liviu Bituc. Guión: Mario Pontecorvo y Roberto Tiraboschi, Música: Andrea Guerra, (100´- Color)

Ver PA-RA-DA completa

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